Secretos de estudio: el arte detrás de los éxitos de Queen

La leyenda del escenario era igual de disciplinada entre bastidores, pero nunca previsible. Freddie componía con la misma audacia, emoción y entrega personal con que hacía todo lo demás. De las noches largas en el estudio a los juegos de palabras de madrugada con los amigos, este es un vistazo a cómo se hacía de verdad la música.

La voz de Freddie, teatral, cruda y de un registro enorme, era completamente suya. Nunca estudió con un profesor de canto y no lo necesitaba. Cantaba lo que sentía, por instinto y sin filtro. Y en todo momento, nunca fingió ser algo que no era. Cuando le preguntaron qué significaba ser artista, Freddie lo resumió de la única manera que Freddie podía:

«I’m just a musical prostitute, my dear» (No soy más que una prostituta musical, querido).

El proceso de Freddie no era rígido: fluía con el ánimo y el instinto. Pero había algo seguro: la música siempre iba antes que la letra.

Las melodías y las armonías salían solas, a veces en un día o dos. ¿Y las letras? Eso era otra historia. Podía pasarse semanas buscando las palabras justas. No solo rimas, sino palabras que sonaran bien por dentro. No corría. Respetaba el proceso. La música era instinto. La letra pedía corazón. Pero a veces no había plan, como en I’m Going Slightly Mad, donde algunas partes son el hermoso resultado de improvisar.

A las dos en punto, pero nunca de la mañana

En el estudio, Freddie no era persona de mañanas. Las grabaciones empezaban siempre por la tarde, a las dos en punto. No era pereza, era sentido práctico: la voz de un cantante necesita tiempo para despertarse. Y Freddie respetaba el oficio. Llegaba puntual, siempre, listo para trabajar. Grabando no había caos de estrella del rock.

Pero cuando llegaba la inspiración, la luz del estudio se encendía a la hora que fuera. A veces las tardes se estiraban hasta la noche, a veces hasta el amanecer. Una noche, después de una sesión larga con el ingeniero de sonido David Richards, llegó a casa justo después de amanecer, no a dormir, sino a seguir trabajando.

Peter Freestone lo recuerda así: Freddie llegó a casa, aporreó todas sus puertas (la de Joe, la de Jim, la suya) y les puso lo que había estado trabajando, I’m Going Slightly Mad. Dijo que aquellas palabras no le gustaban, que necesitaba algo que significara exactamente lo mismo pero que encajara ahí. Y se pasaron dos o tres horas sentados, escuchando, mirando y lanzando palabras.

Fue uno de los poquísimos momentos en que Freddie trabajó en casa. Para él el trabajo se hacía fuera, y la casa era su lugar sagrado para descansar y tener una vida al margen de la industria musical.

El mismo método, estudios distintos

Grabara en Montreux, Múnich, Nueva York o Los Ángeles, Freddie llevaba consigo el mismo ritmo: empezar tarde y entregarse por completo. Las sesiones de Queen no estaban atadas a un solo sitio. En Mountain Studios, en Montreux, la calma del lago Lemán daba concentración al grupo. En Los Ángeles, la energía era eléctrica y experimental. Y en Alemania, las sesiones eran intensas, privadas y a menudo muy personales. Nunca se sabe cuándo llega la inspiración, así que reservaban siempre los estudios las 24 horas: unos días trabajaban menos, otros más. La voz que recordamos salió de un hombre que amaba el proceso, el desorden, las dudas de medianoche, la alegría de una letra que por fin encaja. Freddie no hacía música para que fuera perfecta. La hacía para que se sintiera real. Y eso es exactamente lo que intentamos capturar en World of Freddie.

Crédito fotográfico: Martin Skála y Peter Freestone

Con World of Freddie te acercas mucho más: no al icono, sino al hombre que hay detrás de todo.

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